LA TRADICIÓN EVOLUTIVA

RICHARD TARNAS

 

Este artículo de Tarnas sobre las diversas inflexiones de la tradición astrológica forma parte del material complementario de Psique y Cosmos, el curso intensivo que dicta junto con Stan Grof y que PsicoCymática ha puesto al alcance del público hispanohablante por primera vez.
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La astrología, en su definición más general, se basa en una concepción del cosmos como una encarnación coherente de inteligencia creativa, propósito y significado, expresados a través de una correspondencia compleja y constante entre los patrones astronómicos y la experiencia humana. Se entiende que los diversos cuerpos celestes poseen una asociación intrínseca con principios universales específicos. Tanto dichos principios como sus correspondencias astronómicas se consideran, en última instancia, enraizados en la naturaleza del cosmos. Se integra así lo celeste y lo terrestre, el macrocosmos y el microcosmos. A medida que los planetas se mueven a través de sus ciclos van formando relaciones geométricas entre sí, en relación con la Tierra, dentro del entorno cósmico más grande. Estas alineaciones coinciden con fenómenos específicos y patrones arquetípicos de la vida human. Desde el comienzo de la astrología occidental, tal comprensión estuvo estrechamente asociada con la concepción griega original de kosmos, una palabra que los pitagóricos aplicaron por primera vez al mundo en su conjunto para transmitir una síntesis característicamente griega de orden inteligente, belleza y perfección estructural.

La tradición astrológica iniciada por los griegos en Alejandría en la era helenística, durante los siglos inmediatamente anteriores y posteriores al nacimiento de Cristo, estaba integrada dentro de una concepción clásica del mundo profundamente influenciada por el pensamiento pitagórico y platónico. Hasta ese entonces había estado enraizada en las observaciones mesopotámicas antiguas, al menos desde el comienzo del segundo milenio a. C., y luego fue moldeada por las influencias culturales de los antiguos babilonios, egipcios y persas. La primera carta natal conocida, u horóscopo, data de alrededor del 400 a. C. (la época de Sócrates y Platón).

La perspectiva y el método astrológico que surgieron en los siglos siguientes se asociaron estrechamente con las disciplinas científicas de la astronomía, las matemáticas y la medicina griegas, así como con las corrientes de pensamiento esotérico que dieron forma a las religiones místicas y la literatura hermética de la Antigüedad clásica, y con los principales movimientos filosóficos y religiosos, tales como el neoplatonismo, el aristotelismo, el estoicismo y el gnosticismo. Como una visión general acerca del universo y la posición cósmica del ser humano, la astrología fue singularmente dominante en la era clásica, y trascendía los límites de la ciencia, la religión y la filosofía. Más tarde influyó en el pensamiento cristiano, islámico y judío; y desempeñó un papel central en el arte, la literatura y el espíritu cultural de la Alta Edad Media y el Renacimiento europeos. Debido a esta extraordinaria diversidad en sus orígenes y la sucesión de sus posteriores entornos, la astrología fue constantemente reconcebida de acuerdo con los diferentes contextos intelectuales y culturales en los que floreció.

Sin embargo, en el corazón de todas estas diversas inflexiones, la metáfora cosmológica implícita dentro de la cual se desarrolló la tradición astrológica occidental puede describirse como de carácter esencialmente pitagórico-platónico. Es decir, se entiende que el cosmos está ampliamente informado e integrado por la presencia activa de un principio de organización universal, a la vez matemático y arquetípico en su manifestación, por el cual los cuerpos celestes y sus patrones cíclicos poseen una significación simbólica que se refleja inteligiblemente dentro de la esfera humana. A lo largo de los siglos surgieron diversas escuelas, interpretaciones y marcos que continuamente reformaron y transformaron esta perspectiva subyacente planteando diferentes puntos de vista sobre la naturaleza y el alcance de la influencia cósmica, el equilibrio relativo de la restricción celestial y la libertad humana, la cuestión de si los planetas son indicaciones o causas y, en el caso del largamente influyente modelo aristotélico-ptolemaico, la posibilidad de un determinismo causal más físico, producido por las esferas celestes.

Desde sus orígenes mesopotámicos y egipcios hasta su posterior síntesis helenística en la era clásica, puede considerarse que la historia de la astrología occidental, en términos muy generales, se ha movido desde una adivinación astral más fluida (centrada en intuir la voluntad de los dioses y responder a esta percepción con acciones apropiadas, rituales y súplicas por favor divino) a un énfasis creciente en la observación sistemática de las regularidades geométricas de los movimientos astronómicos, la aplicación de principios universales de interpretación y, finalmente, la formulación de reglas elaboradas para la predicción concreta. Este proceso gradual de “racionalización” (en el sentido de Weber) se combinó, en la antigüedad posterior y en el período medieval, con una visión cada vez más mecanicista de la causalidad celeste, que a su vez se vinculó con un determinismo más rígido. En la India se produjo una evolución similar. Las conquistas de Alejandro Magno llevaron la cultura griega a Asia, por lo que la astrología védica fue estructurada tanto por la tradición mesopotámica-helenística como por los legados religiosos y sociales distintivos de la India de una manera que continúa hasta el presente.

En Europa, a partir de la Ilustración, a finales del siglo XVII y XVIII, la astrología prácticamente desapareció del discurso académico y de la visión del mundo de los cultos. Persistió sobre todo en forma de almanaques astrológicos populares, experimentó luego un renacimiento gradual durante el siglo XIX, con el creciente interés europeo durante el período romántico en las tradiciones esotéricas, y más tarde en la teosofía. Finalmente, en el transcurso del siglo XX se produjo un renacimiento generalizado de la astrología, que comenzó en Inglaterra y se extendió a América del Norte y el resto de Europa. La astrología que surgió el siglo pasado fue inspirada por objetivos y supuestos teóricos que a menudo diferían de aquellos de los períodos antiguo y medieval en aspectos fundamentales. Su carácter, en líneas generales, era más individualista y psicológico: enfatizaba la realidad interna sobre la externa, la autocomprensión sobre la predicción de eventos concretos, la interpretación simbólica sobre lo literal, y el compromiso participativo sobre el fatalismo pasivo. A la par de este cambio de carácter se ha dado un aumento gradual, dentro de la comunidad astrológica, de un discurso de reflexión filosófica crítica y un cuestionamiento de muchos supuestos y principios astrológicos tradicionales.

Numerosos factores han jugado un rol en esta tendencia reciente. El mayor acceso a datos astronómicos precisos y el descubrimiento de los planetas exteriores han afectado profundamente la teoría y la práctica astrológica. También el enorme aumento de los datos disponibles: la cantidad incomparablemente mayor de cartas natales individuales, biografías y periodos históricos que se han convertido ahora en la base para un desarrollo colaborativo de principios aceptados de interpretación. También fueron importantes los cambios culturales más amplios que afectan las presuposiciones intelectuales generales y el carácter psicológico moderno. Estos cambios incluyen un mayor compromiso y experiencia de autonomía individual, un profundo sentido de la interioridad y del valor de la reflexión psicológica, una comprensión más compleja de la cognición simbólica y la multivalencia interpretativa, una comprensión más crítica de la implicación mutua de las realidades internas y externas, y un reconocimiento más profundo del carácter participativo de la experiencia humana. Asociado a este cambio, también se percibe una mayor conciencia de la naturaleza multidimensional y multicausal de todos los fenómenos, combinada con una apreciación de la indeterminación irreductible del despliegue de la vida.

La aparición de una astrología psicológicamente más sofisticada en la segunda mitad del siglo XX, con Jung y Dane Rudhyar como figuras clave, representa la tendencia histórica dominante. Pero un importante desarrollo periférico de este momento histórico fue el nuevo interés, desde fuera del campo, en pruebas estadísticas de hipótesis astrológicas. De estos, los más significativos fueron los estudios masivos realizados por los estadísticos franceses Michel y Francoise Gauquelin durante un período de cuarenta años, a partir de los años cincuenta. El ampliamente discutido efecto Marte, observado por primera vez por los Gauquelin y luego replicado por otros grupos de investigación, demostró una correlación estadística altamente significativa de Marte ubicado tanto en el horizonte oriental como en el cenit al momento del nacimiento de atletas prominentes. Se encontraron correlaciones similares con la posición planetaria en el nacimiento de líderes eminentes en otros campos: Saturno para científicos, Júpiter para políticos y la Luna para escritores: todos se correspondían correctamente con los principios astrológicos tradicionales y los rasgos de carácter asociados a esos cuerpos celestes particulares. En 1982, después de un extensivo estudio de la investigación de Gauquelin, Hans Eysenck, un destacado psicólogo académico que no simpatizaba con la astrología (y famoso por su crítica al psicoanálisis debido a su falta de apoyo estadístico), publicó, en coautoría con David Nias, un resumen de sus conclusiones:

Nos sentimos obligados a admitir que hay algo aquí que requiere una explicación. Por mucho que pueda ir en contra de la corriente, otros científicos que se tomen la molestia de examinar la evidencia pueden eventualmente llegar a una conclusión similar. Los resultados son inexplicables, pero también son objetivos y, como tales, ya no pueden ignorarse; no pueden ser simplemente desechados porque son desagradables o no están de acuerdo con las leyes de la ciencia actual […]. Quizás ha llegado el momento de afirmar de manera inequívoca que una nueva ciencia está en proceso de nacer.

Los resultados positivos de los estudios de Gauquelin y su reproducción por parte de otros presentaron un sólido desafío, en los términos propios de la ciencia, al rechazo científico convencional de la astrología. Sin embargo, paradójicamente, los estudios estadísticos han agregado relativamente poco a la comprensión astrológica, y parecen ser metodológicamente inadecuados para entrar en el marco de referencia arquetípico de la tradición astrológica. El mayor resurgimiento de la astrología durante estas décadas continúa siendo, en su práctica e investigación, cualitativo en lugar de cuantitativo, y refleja sus fuentes en la tradición astrológica occidental y la psicología profunda contemporánea, en lugar de basarse en la ciencia experimental y el conductismo. Sin embargo, el factor común de los dos enfoques ha sido un impulso subyacente, en el último medio siglo, tanto dentro como fuera de la disciplina astrológica, que ha llevado a la astrología a un compromiso más directo con la visión del mundo moderno dominante.

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